Los Dreamers encuentran una nueva esperanza

Friday, Jun. 26, 2020
Los Dreamers encuentran una nueva esperanza + Enlarge
Reverendísimo Oscar A. Solis Obispo de Salt Lake City
By The Most Rev. Oscar A. Solis
Bishop of Salt Lake City

Durante los últimos meses el mundo ha sufrido el impacto de la pandemia del coronavirus, alterando la vida de millones de personas de todas las razas, géneros, creencias y estatus sociales. Sin embargo, una tendencia común que une a todos, es el deseo de encontrar una cura, erradicar los efectos mortíferos del virus, salvar vidas y regresar a una normalidad en la vida.

Durante estos tiempos de luto, enfermedad, pobreza y desesperanza, es muy gratificante ver  lo mejor de la humanidad, ver como las personas realizan sacrificios y alcanzan a los más necesitados para contener la enfermedad y proteger el bienestar de la comunidad. El progreso alcanzado en el enfrentamiento contra la pandemia, la atenuación de las restricciones gubernamentales, la recuperación de la economía, el restablecimiento de la veneración pública y el vivir la ‘nueva normalidad’ brinda una nueva esperanza y un renovado sentido de alegría.

 Necesitamos más momentos de esperanza para aliviar la prevaleciente preocupación y el sentido de desaliento que nos rodea.

Por lo tanto, nos llena el corazón de alegría el dar la bienvenida a otras buenas nuevas. Me uno a mis hermanos Obispos de los Estados Unidos dándole la bienvenida a la decisión de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, quien la semana pasada anunció su decisión de rechazar la propuesta del presidente Donald Trump para revocar la Acción Diferida para los llegados en la infancia (DACA) implementado el 2012 por el presidente Barack Obama. El programa permite que los jóvenes que llegaron siendo menores al país de manera ilegal con sus padres puedan quedarse en los Estados Unidos, en muchos casos huyendo de la pobreza extrema, de la violencia, de la corrupción política y otras injusticias, para encontrar mejores oportunidades de vida.

Desde su comienzo, “DACA ha permitido a aproximadamente 800,000 jóvenes, quienes pagan impuestos y quienes han realizado verificaciones de antecedentes, la oportunidad de trabajar legalmente, tener acceso a la educación y oportunidades sin temor a la deportación,” de acuerdo a la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos.

La terminación de este programa sería devastadora para esos jóvenes vulnerables, conocidos como Dreamers, los cuales se verían forzados a regresar a vivir en un país desconocido para ellos. La decisión de la Suprema Corte de Justicia es una gran bendición para los cientos de miles de jóvenes Dreamers – nuestros hermanos y hermanas y sus familias de inmigrantes quienes viven en el purgatorio, sufriendo el dolor de no saber su futuro en este país. Significa que cientos de miles de jóvenes, incluyendo algunos que viven en nuestros vecindarios aquí en Utah, pueden respirar y sentir un sentido de alivio y encontrar algún tipo de estabilidad en sus vidas. Pueden seguir trabajando, obtener seguro médico, licencias de conducir, ir a la escuela sin que sus estudios sean interrumpidos o servir en las fuerzas armadas, sin tener miedo ante la deportación.

Nuestra Iglesia Católica está en solidaridad con los Dreamers y con los inmigrantes indocumentados basándose en nuestros valores del Evangelio y en nuestra creencia fundamental en la santidad, e inherente dignidad de cada vida humana, así como la necesidad de proteger a los vulnerables, incluyendo a los niños.

Cristo recuerda a sus discípulos que ellos serán juzgados no sólo por su respuesta ante las necesidades de los vulnerables, incluyendo a los extranjeros (Mateo 25). La Carta Pastoral “Juntos en el Camino de la Esperanza ya No Somos Extranjeros”, publicada en el 2003 por los los Obispos Católicos de los Estados Unidos y México sobre la migración, dice que “La actitud hacia el extranjero constituye tanto una imitación del Señor, como una manifestación del gran mandamiento de darle la bienvenida al extranjero.”

Los Dreamers, como todos los seres humanos, necesitan nuestro respeto, amor y compasión para así poder alcanzar el potencial que Dios les ha dado, así como sus aspiraciones de vida. Ellos están entretejidos en nuestra nación y comunidad de fe. Ellos viven en nuestros vecindarios, van a la escuela, trabajan y contribuyen al bien común de nuestra sociedad, y  han tartado de buena fe cumplir con la ley. Desafortunadamente, en medio de sus retos, las recientes estadísticas muestran que ellos son fuertemente afectados por el coronavirus y ahora más que nunca están sufriendo. Durante las últimas semanas hemos experimentado un nuevo despertar a la discriminación racial y a la exclusión de personas, incluyendo a nuestros hermanos y hermanas DACA.

Este es un momento especial para que recordemos las enseñanzas de Cristo, que tenemos que ser sensitivos ante el sufrimiento del pobre y debemos ayudar a solventar las necesidades de nuestro prójimo, especialmente de los sistemáticamente marginalizados. Nuestra Iglesia siempre ha afirmado que sus vidas importan. Necesitamos actuar y convertirnos en agentes de cambio, y heraldos de esperanza.

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